El que tenga oídos…
– Semana 4 –
Solo habla Conmigo
(Lucas 18:9–14)
Jesús conocía el corazón de quienes lo escuchaban aquel día. Junto a Sus discípulos había otros que habían llegado a confiar en su propia justicia y, en algún punto del camino, esa confianza había cambiado la manera en que miraban a los demás.
Así que Jesús les contó una historia. “Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano” (Lucas 18:10).
Sin duda, las imágenes comenzaron a formarse en sus mentes.
Los atrios del Templo llenos de los ritmos familiares de la adoración. Oraciones elevándose entre el murmullo de las voces y el roce de las sandalias contra la piedra. Algunos hombres reunidos cerca unos de otros mientras oraban; otros, simplemente cómodos entre aquellos cuyo conocimiento de las Escrituras les había ganado respeto. En medio de ellos estaba un fariseo. Aquel era terreno conocido para él—un lugar donde conocía las palabras, entendía las costumbres y sabía exactamente lo que se esperaba.
Pero más lejos estaba otro hombre.
Un recaudador de impuestos también había venido a orar, aunque se mantenía a distancia. Tal vez había entrado discretamente al atrio y encontrado un rincón vacío, esperando no llamar la atención. Los recaudadores trabajaban dentro de un sistema ligado a Roma y eran despreciados por muchos de sus compatriotas judíos, a veces con razón. Sin embargo, Jesús no nos dice nada acerca de lo que este hombre en particular había hecho. No sabemos si había engañado a alguien, abusado de su posición o cometido algún otro pecado que pesara sobre él aquel día. Jesús deja todo eso fuera de la historia. Simplemente nos dice que el hombre sabía que necesitaba misericordia.
El fariseo comenzó a orar. “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano”, comenzó, mientras sus palabras dirigían la atención hacia el hombre que permanecía a distancia. “Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias” (vv. 11–12).
Sus palabras sonaban suficientemente religiosas. Daba gracias a Dios. Hablaba del ayuno y del diezmo, prácticas que podían reflejar una devoción genuina. Pero a medida que avanzaba su oración, Dios parecía casi desaparecer bajo los logros del hombre que se dirigía a Él. Incluso el recaudador de impuestos que permanecía a distancia se convirtió en evidencia para el caso que estaba presentando a su favor.
Entonces el recaudador ofreció una oración sin semejante currículum.
Permaneció apartado de los demás, incapaz siquiera de levantar los ojos al cielo. Fuera lo que fuera que lo había llevado al Templo, había eliminado cualquier deseo de defenderse. Sus hombros se encorvaron bajo el peso de lo que sabía acerca de su propio corazón. Se golpeó el pecho, y finalmente salieron las palabras.
“¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!” (v. 13).
Ningún lenguaje pulido. Ninguna explicación de lo que había hecho. Ninguna promesa de lo que haría mañana. Jesús solo nos dice lo que importaba en aquel momento. El hombre estaba quebrantado y sincero delante de Dios, golpeándose el pecho y pidiendo misericordia.
Tal vez el fariseo siguió orando cerca de él mientras el recaudador pasaba inadvertido para casi todos los que lo rodeaban. Pero Aquel a quien ambos hombres habían venido a orar había escuchado cada palabra.
Entonces Jesús llevó la historia a su inesperado final. “Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no” (v. 14).
El fariseo había entrado al Templo confiado en todo lo que había hecho bien, presentando sus credenciales e incluso señalando a otro hombre como evidencia mientras exponía su caso delante de Dios.
El recaudador, en cambio, hizo una súplica sencilla y sincera, sin condiciones. Después salió del Templo sin reconocimiento público y sin ningún logro religioso que añadir a su currículum. Jesús no nos dice qué ocurrió cuando llegó a casa ni qué cambios produjo finalmente la misericordia de Dios en su vida. Simplemente nos dice que aquel hombre que ni siquiera había podido levantar los ojos al cielo regresó a casa justificado.
La oración de uno estaba llena de razones por las que Dios debía fijarse en él. La del otro descansaba por completo en aquello que solo Dios podía darle. Uno señaló lo que había hecho. El otro le pidió a Dios que hiciera lo que él jamás podría hacer por sí mismo.
Y Jesús les dijo a Sus oyentes cuál de los dos regresó a casa reconciliado con Dios.
Reflexión
Sería fácil leer esta parábola y mantener al fariseo cómodamente a distancia. Probablemente la mayoría de nosotros no estamos de pie en una iglesia dando gracias a Dios porque somos mejores que la persona que ora al otro lado del salón. Su orgullo es tan evidente que podemos negar con la cabeza y no darnos cuenta de lo fácil que el mismo corazón puede presentarse vestido de otra manera.
Porque el orgullo no siempre entra a la oración con el pecho inflado. A veces viene envuelto en autosuficiencia. A veces se esconde detrás de la vergüenza. Sé que ha habido ocasiones en las que me he alejado de Dios porque no me sentía precisamente orgulloso de lo que tendría que llevarle. Tal vez había vuelto a fallar en algo que ya debería haber superado, mis pensamientos eran desagradables o lo que sentía me parecía vergonzosamente insignificante. En algún lugar dentro de mí estaba esa absurda idea de que primero tenía que arreglarme antes de poder presentarme sinceramente delante de Él.
Pero eso también es orgullo.
El orgullo del fariseo decía: Mira lo que he hecho. El mío puede decir con la misma facilidad: No quiero que me veas así. Ambos comienzan con la ilusión de que, de alguna manera, mi condición determina si estoy listo para acercarme a Dios.
El recaudador de impuestos aparentemente entendía algo diferente. Fuera lo que fuera que hubiera hecho, vino de todos modos. No podía levantar los ojos al cielo. Se golpeaba el pecho. Nada en su postura sugiere que estuviera minimizando el pecado que había detrás de su oración. Simplemente dejó de esconderse detrás de cualquier cosa que pudiera utilizar para aparentar ser mejor de lo que realmente era.
“¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!” (Lucas 18:13).
Hay algo profundamente vulnerable en esa clase de oración. No es conmovedora porque sea breve, como tampoco una oración hermosa y bien expresada es menos sincera por serlo. Lo que importa es que aquel hombre estaba hablando con sinceridad a Alguien que creía que realmente lo escuchaba. No estaba haciendo una audición ni tratando de parecer digno de misericordia. Estaba hablando con Dios.
La Escritura está llena de oraciones así. Ana derramó su dolor con tanta intensidad que Elí pensó que estaba ebria. David oró desde la ira, el temor, la confesión y la desesperación. Job habló desde su angustia. Jonás pidió morir. Moisés llegó a sentirse tan abrumado que le pidió a Dios que le quitara la vida en lugar de obligarlo a seguir cargando con el peso de Israel. Y Elías, el hombre que Santiago presentaría más tarde al hablar de la poderosa oración de un hombre justo, una vez se sentó debajo de un árbol y le dijo a Dios que ya no podía más.
No siempre fueron oraciones bonitas. Pero fueron sinceras.
Y Papá puede con nuestra sinceridad.
Él ya conoce la ira que intento suavizar, el miedo que me avergüenza admitir, el resentimiento que sé que no debería estar ahí, la duda que temo que suene a falta de fe y el fracaso que preferiría arreglar antes de volver a casa. La oración no le informa de algo que se le pasó por alto. Abre los lugares que siento la tentación de esconder y lo invita a entrar en la verdad de donde realmente estoy.
Por eso importa tanto el veredicto de Jesús. El recaudador no le prometió a Dios en qué clase de hombre se convertiría, y Jesús no nos dice que inmediatamente corrigió cada falla de su vida. Tal vez la misericordia de Dios transformaría muchas cosas en él después. La gracia nunca hace innecesaria la transformación. Pero la transformación no fue el precio que pagó para recibir misericordia.
Llegó sin un currículum de justicia y sin un currículum de futuras mejoras.
Llegó necesitando a Dios.
Y regresó a casa justificado.
Tal vez esa sea la invitación escondida dentro de esta pequeña e incómoda historia. ¿Qué estás esperando arreglar antes de hablar con sinceridad con Papá? ¿Hay algún fracaso que te avergüenza volver a llevarle? ¿Algún enojo que piensas que ya deberías haber superado? ¿Un miedo que te cuesta admitir? ¿Preguntas que temes que ya no deberías seguir haciendo? ¿Estás esperando sentirte un poco más presentable espiritualmente antes de acercarte a Él? ¿Qué pasaría si, en lugar de eso, simplemente le llevaras a Papá lo que realmente hay dentro de ti—el fracaso, las preguntas, incluso esas emociones desagradables que desearías no sentir?
Dios prefiere un corazón derramado con sinceridad a una oración vestida de apariencia. No tienes que impresionar a Aquel que ya te conoce por completo.
Solo tienes que venir.
Oración
Papá,
Quita de mí todo lo que convierta la oración en una actuación. Cuando el orgullo me diga que debería tener algo mejor que ofrecerte, recuérdame que Tú ya sabes lo que hay dentro de mí. Dame el valor de venir con sinceridad—con mis fracasos, mis miedos, mi enojo, mis preguntas e incluso aquellas partes de mí que todavía me avergüenza admitir que siguen ahí.
No permitas que confíe en lo que he hecho ni que me compare con los demás. Enséñame, en cambio, a descansar en lo que solo Tú puedes hacer. Y mientras Tu misericordia me encuentra donde estoy, sigue transformándome en la persona que Tú me creaste para ser.
Amén.
Me gustaría compartir algo más contigo.
Te enviaré la introducción y los primeros tres capítulos de Dejando ir lo que nos plaga—y los devociones semanales que comparto en el camino.
