El que tenga oídos…
– Semana 2 –

Por lo que vale (Mateo 13:44–46)

La multitud ya se había ido.

Poco antes, la orilla había estado abarrotada de gente. Tantos se habían agolpado alrededor de Jesús que Él había subido a una barca y se había apartado de la orilla, dejando que el agua misma creara un poco de distancia entre el Maestro y la multitud. Desde allí, había hablado de un sembrador esparciendo semillas, de cizaña creciendo entre el trigo, de una semilla de mostaza que comenzaba siendo casi imperceptiblemente pequeña y de levadura desapareciendo dentro de la masa. Cosas ordinarias. Cosas conocidas. Sin embargo, debajo de cada historia había algo más profundo—algo acerca del Reino de los Cielos que Jesús parecía decidido a revelar sin simplemente entregarles la respuesta a quienes Lo escuchaban.

Pero ahora la barca había quedado atrás. Jesús había despedido a la multitud y había regresado a la casa, donde Sus discípulos se reunieron a Su alrededor. Antes le habían preguntado por qué hablaba en parábolas, y Jesús les había dicho algo que probablemente todavía intentaban comprender. “¡Pero dichosos sus ojos, porque ven, y sus oídos, porque oyen!” (Mateo 13:16). Ahora, lejos del ruido de la multitud, le pidieron que les explicara la historia de la cizaña en el campo.

Jesús lo hizo. Con paciencia, les explicó el significado del sembrador, el campo, la buena semilla, la cizaña, el enemigo y la cosecha. Luego, sin que los discípulos hicieran ninguna otra pregunta que haya quedado registrada, les presentó otra imagen.

“El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel” (v. 44).

Eso fue todo.

Jesús nunca les dijo quién era aquel hombre, por qué atravesaba el campo ni si había caminado por aquel terreno una vez o cien. Solo hay un hombre, un campo y algo escondido bajo tierra que había escapado a todas las demás miradas.

Hasta ese momento.

Fuera lo que fuera que había llevado al hombre a cruzar aquel campo, algo lo detuvo. Algo que había permanecido oculto de pronto fue encontrado, y lo que vio bastó para que comprendiera que su vida había cambiado. Jesús nunca describió el tesoro. Oro, plata, joyas—no lo dijo. Su contenido no era lo bastante importante para la historia como para mencionarlo. Pero su valor sí.

El hombre volvió a cubrir el tesoro.

Es un detalle incómodo cuando nos detenemos lo suficiente para notarlo. Jesús no nos dice que el hombre le haya contado al dueño lo que había descubierto. Simplemente volvió a esconder el tesoro, vendió todo lo que tenía y compró el campo. Tampoco Jesús explica la ética de la transacción. Solo nos muestra la respuesta del hombre ante lo que había encontrado.

Alegría.

El hombre había visto lo suficiente para saber que valía la pena desprenderse de todo lo que tenía con tal de poseerlo. Así que lo vendió todo—no a regañadientes ni lamentándose por lo que desaparecía de sus manos. Jesús dice que lo hizo “por la alegría que le da”.

Entonces Jesús continuó. “También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra” (vv. 45–46).

Al principio, casi parecía la misma historia. Otro hombre había descubierto algo de extraordinario valor y, una vez más, vendió todo lo que poseía para poder tenerlo. Pero Jesús había cambiado algo importante. El primer hombre simplemente había encontrado su tesoro. Este hombre había estado buscando el suyo.

Era un mercader en busca de perlas finas, alguien cuyo oficio exigía saber reconocer la calidad y el valor. Las buscaba y las evaluaba, aprendiendo a distinguir entre algo meramente atractivo y algo verdaderamente precioso. Era un hombre que sabía lo que tenía delante.

Y entonces, entre todas las perlas que había buscado, encontró una diferente.

Jesús no describió su tamaño, forma, brillo ni color. Simplemente la llamó “una perla de gran valor”. Para un mercader que había dedicado su vida a reconocer cosas valiosas, no hacía falta ninguna otra descripción. Sabía lo que tenía delante y sabía que nada de lo que poseía podía compararse con lo que había encontrado.

Así que el mercader hizo exactamente lo mismo que el hombre del campo. Vendió todo lo que tenía para poseer aquello que había determinado que valía la pena obtener a cambio de todo lo demás. Las otras perlas no se volvieron repentinamente inútiles, así como las posesiones del primer hombre tampoco habían perdido su valor. Algo mayor había entrado en la ecuación, y todo lo demás tenía que ser reconsiderado a la luz de ello.

Jesús había contado las dos historias en apenas unas cuantas frases. Ambos hombres habían encontrado algo de un valor incomparable y permitieron que todo lo demás que poseían pasara a un segundo plano frente a lo que habían encontrado. Sin embargo, Jesús había colocado silenciosamente una diferencia notable entre ellos.

Uno de los hombres no había estado buscando ningún tesoro.

El otro llevaba tiempo buscándolo.

Reflexión

¿Por qué contó Jesús las dos historias?

A primera vista, casi parece que se repite. Ambos hombres descubren algo de extraordinario valor, reconocen lo que han encontrado y venden todo para poseerlo. Jesús podría haber terminado después del tesoro escondido en el campo. Pero no lo hizo. Les presentó a Sus discípulos a otro hombre—y cambió un detalle importante.

El primer hombre no estaba buscando. El mercader sí.

No deberíamos imponer identidades a personajes que Jesús nunca identificó, pero es difícil no preguntarnos cómo habrán resonado estos dos hombres en los discípulos sentados dentro de aquella casa. Pedro y Andrés estaban trabajando con sus redes cuando Jesús entró en la normalidad de sus vidas. Mateo estaba sentado en su puesto de recaudación. Ninguno había salido aquella mañana en busca del Mesías. Sin embargo, también eran hijos de Israel, criados entre un pueblo que poseía la Ley y los Profetas, los pactos y las promesas, y que durante generaciones había esperado la liberación prometida por Dios. En cierto sentido, se encontraron con el tesoro sin estar buscándolo. En otro, habían heredado la búsqueda.

Quizá algunos de quienes escuchaban a Jesús habrían reconocido algo de Israel en aquel mercader—un hombre que conocía las perlas y había dedicado su vida a aprender lo que tenía valor. De ser así, precisamente su experiencia debería haberle permitido reconocer la perla. Y muy pronto los discípulos verían a líderes religiosos que conocían las Escrituras mucho mejor que ellos encontrarse cara a cara con Jesús y rechazarlo. No podemos saber si alguna vez recordaron estas historias en aquellos momentos, pero me pregunto si fue así. ¿Cómo podían unos hombres pasar la vida escudriñando las Escrituras en busca de lo que Dios había prometido y no reconocerlo cuando estaba de pie delante de ellos?

Jesús ya les había dicho a Sus discípulos, “¡Pero dichosos sus ojos, porque ven, y sus oídos, porque oyen!” (Mateo 13:16). Unos versículos después les preguntaría, “¿Han entendido todo esto?” (v. 51). Ver. Oír. Entender. Reconocer. Todo parece recorrer silenciosamente aquella conversación.

Pero reconocer lo que tenemos delante muchas veces es más difícil de lo que parece.

El joven rico también llegó buscando. Corrió hacia Jesús, se arrodilló ante Él y preguntó acerca de la vida eterna. Conocía los mandamientos y los había guardado desde su juventud. Sin embargo, cuando Jesús lo invitó a desprenderse de sus posesiones y seguirlo, se marchó entristecido porque tenía muchas riquezas (Marcos 10:17–22). Había llegado buscando algo más y estaba frente a Alguien que valía más que todo lo que poseía—pero todavía no podía verlo.

Nicodemo parece avanzar en la dirección contraria. Fariseo y maestro de Israel, primero acudió a Jesús en la oscuridad, reconociendo que Dios estaba obrando en Él (Juan 3:1–10). Más tarde habló cautelosamente en Su defensa (Juan 7:50–51). Finalmente, después de la crucifixión, Nicodemo dio un paso hacia una identificación pública con Jesús, llevando una cantidad extraordinaria de especias para ayudar a sepultarlo (Juan 19:39). Juan nunca nos dice exactamente qué ocurrió dentro de Nicodemo, pero es difícil no ver a un hombre cuya comprensión de Aquel que tenía delante iba profundizándose.

Quizá por eso la verdadera pregunta no es simplemente si hemos encontrado a Jesús. Es si hemos comenzado a comprender el valor inconmensurable de Aquel a quien hemos encontrado.

¿Has reconocido realmente el valor del Dios a quien sirves? ¿Conocer a Jesús ha comenzado a cambiar la manera en que valoras todo lo demás en tu vida—no porque tu familia, tu trabajo, tus sueños o las cosas buenas que has recibido de pronto importen menos, sino porque has comenzado a verlas en el lugar que les corresponde? Cuando miras aquello que más atesoras, ¿encuentra todo su significado en Aquel de quien procede todo lo bueno? ¿O será posible que hayas descubierto el tesoro, quizá incluso hayas caminado con Él durante años, sin llegar todavía a comprender la riqueza inconmensurable de lo que has encontrado?

Tómate un momento cada día. Abre los ojos. Destapa los oídos. Mira de nuevo el tesoro que has encontrado.

Oración

Papá,

Abre mis ojos para ver lo que he encontrado y mis oídos para escuchar lo que aún me estás revelando. Enséñame a reconocer Tu valor inconmensurable—no para que las personas y las cosas buenas que me has dado se vuelvan menos preciosas, sino para que finalmente pueda verlas en el lugar que les corresponde.

Ya sea que Te haya encontrado cuando no Te estaba buscando o que haya pasado años buscándote, nunca permitas que olvide lo que he encontrado. Sigue llevándome más profundamente a una relación contigo, hasta que conocerte se convierta en la medida por la cual todo lo demás en mi vida encuentre su verdadero significado.

Veo el tesoro, Papá. Ayúdame a nunca perder de vista su valor.

Amén.

Me gustaría compartir algo más contigo.

Te enviaré la introducción y los primeros tres capítulos de Dejando ir lo que nos plaga—y los devociones semanales que comparto en el camino.

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