Dónde Dios te encuentra
– Semana 7 –

Ser justo o tener la razón
(Génesis 13; Mateo 5:9)

El calor en las colinas de Betel era espeso y sofocante, pero el ambiente entre los dos hombres era aún más pesado. Abajo, el ganado de Abram y de Lot se movía lentamente, y ya se les empezaban a notar las costillas. La tierra estaba agotada. No había suficiente pasto para alimentar a ambos rebaños, ni suficientes pozos para saciar su sed. En los valles, los pastores ya habían pasado de las palabras a los palos, y de los palos a los puñetazos. La fricción era un cerillo encendido a punto de desatar una guerra familiar (Génesis 13:7).

Abram estaba de pie en la cumbre más alta de piedra caliza, con el rostro curtido por el sol y marcado por el peso del liderazgo. A su lado estaba Lot, su sobrino huérfano. Ambos sabían muy bien cómo estaba la jugada. Por todas las leyes del Antiguo Oriente Próximo, Abram tenía todas las de ganar. Él era el patriarca, el mayor, el que había recibido el llamado divino. Tenía el derecho legal y cultural absoluto de quedarse con los mejores pastos y dejarle a Lot las puras rocas.

La costumbre exigía que Lot se quedara callado. Habría sido un insulto enorme, una falta de respeto escandalosa, que el más joven intentara negociar o proponer algo. Así que Lot esperaba, preparándose para lo inevitable. Lo más seguro es que esperaba que su tío hiciera valer su autoridad, reclamara sus derechos y lo mandara a buscar las sobras.

Abram contempló el paisaje. Hacia el este se extendía el valle del Jordán: una llanura impresionante y verde, fértil y bien regada, que parecía el mismísimo jardín del Edén (v. 10). Hacia el oeste se alzaban las colinas escarpadas e implacables de Canaán.

Abram se volvió hacia su sobrino, rompiendo con siglos de tradición tribal: “Por favor, que no haya pleitos entre tú y yo,” dijo Abram, y su voz cortó ese silencio tan pesado. “¿No está toda la tierra delante de ti? Por favor, sepárate de mí. Si vas a la izquierda, yo iré a la derecha; y si vas a la derecha, yo iré a la izquierda” (vv. 8-9).

Fue una concesión impresionante. Abram no estaba evitando la bronca por debilidad; estaba usando su máxima autoridad para absorber una pérdida material enorme con tal de que la relación sobreviviera. Decidió ser justo antes que exigir tener la razón.

Lot miró el valle y luego a su tío. No se burló ni se agrandó. Tampoco intentó avergonzar o manipular al viejo. Lot simplemente aceptó los límites de esa gracia tan profunda que le estaban regalando. Eligió la llanura fértil del Jordán y movió sus tiendas hacia el este (v. 11). No se estaba aprovechando de Abram; simplemente se estaba beneficiando de la valentía de un pacificador.

Cuando el polvo de las caravanas de Lot se asentó, Abram se quedó solo en la loma rocosa y desértica de Canaán. Materialmente, había perdido. Tácticamente, quedaba vulnerable. Se había quedado con las manos vacías de sus derechos legales, sin nada más que polvo y piedras.

Pero fue precisamente cuando las manos de Abram estaban vacías que el Dueño del cielo rompió el silencio. Su voz resonó con fuerza en toda la colina: —Levanta ahora los ojos y mira desde el lugar donde estás: hacia el norte, el sur, el este y el oeste. Porque toda la tierra que ves, te la daré a ti y a tu descendencia para siempre (vv. 14-15).

Básicamente, Dios le dijo: Tú entregaste un valle, así que Yo te voy a dar el horizonte. Abram no tuvo que pelear por su herencia porque confiaba en el Dueño de la tierra. No necesitaba aferrarse a sus derechos legales cuando ya estaba sostenido por una promesa divina. Había arriesgado su propia seguridad para construir la paz, y el Rey del universo acababa de respaldar su futuro.

Reflexión

“Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9).

Cuando Jesús nos llama a trabajar por la paz, no nos está pidiendo que seamos simples “mantenedores de la paz” que solo buscan que las cosas se vean tranquilas por encima. Mantener una paz falsa nace del miedo al conflicto; es conformarse con una tregua barata, barriendo los problemas debajo de la alfombra y metiendo la verdadera tensión al congelador, donde el resentimiento silencioso va desgastando la relación por dentro.

En cambio, construir la paz de verdad requiere la valentía redentora de restaurar las cosas con nuestras propias manos, justo en medio del desmadre. Es un esfuerzo intencional hacia la sanidad que rechaza la falsa seguridad de andar huyendo de los problemas, y decide meterse de lleno en esos espacios rotos de los que todos los demás escapan.

Este fue el terreno exacto donde se movió Abram. Él no salió con una diplomacia cobarde. Como patriarca y heredero legítimo, tenía todo el poder en esa colina de Betel. Si hubiera querido imponerse, quedarse con el valle fértil y dejarle las piedras a Lot, nadie se lo habría reprochado. Tenía todo el derecho de tener la razón. Pero Abram prefirió ser justo. Usó su autoridad no para exigir lo suyo, sino para absorber un golpe material fortísimo con tal de salvar la relación.

A menudo no hacemos las paces porque nos da un pavor tremendo perder. Nos aferramos con uñas y dientes a nuestros argumentos, a nuestra reputación y a nuestras cuentas pendientes porque operamos desde una profunda pobreza interna. Pensamos que si pedimos perdón primero, si bajamos la guardia o si aceptamos la culpa, nos vamos a quedar con las manos vacías. Peleamos a muerte por cada centímetro de terreno relacional porque creemos que ese pedacito de tierra es lo único que tenemos.

Pero Abram demuestra lo equivocado que es ese pensamiento. Él estaba tan seguro de su relación con Dios que podía darse el lujo de perder. No necesitaba pelear por el valle porque sabía que su futuro no dependía de un pedazo de pasto; estaba bien agarrado del Dios de las promesas. Cuando ya tienes el horizonte, no necesitas andar agarrándote a golpes por la tierra.

Hacer las paces nunca sale gratis; siempre exige que alguien absorba el costo de la deuda. Requiere que seas lo suficientemente rico en la gracia de Papá para aguantar el golpe con tal de salvar a la otra persona. Y es justo cuando soltamos nuestros derechos legales que el Dueño del cielo interviene en el silencio para asegurar nuestro futuro. Si de verdad queremos ver el Reino en nuestras relaciones rotas, tenemos que dejar de administrar treguas y empezar a construir una paz real.

Mirando el panorama de tu propia vida, quédate un momento con estas preguntas y deja que el Espíritu Santo revise las cuentas de tu corazón.

¿En qué áreas te has conformado con la comodidad de tomar distancia —manteniendo una guerra fría basada en el desapego— en lugar de hacer el trabajo pesado y difícil de buscar una paz real? ¿A qué argumento o derecho te estás aferrando ahorita por miedo a verte débil, en lugar de confiar en que Dios va a proteger tu futuro? ¿Quién en tu vida necesita que seas lo suficientemente rico en tu relación con Dios como para absorber el golpe, prefiriendo ser justo antes que ganar la discusión?

El premio final de esta bienaventuranza es profundo: los pacificadores serán llamados hijos de Dios. En el mundo antiguo, que te llamaran “hijo de” alguien significaba que llevabas su mismísimo ADN, que reflejabas su carácter y que te dedicabas al negocio de la familia. Cuando nos metemos al conflicto para absorber las deudas de otros y restaurar la relación, no estamos siendo simplemente “buena gente”; estamos imitando activamente a Papá. Estamos reflejando el ADN de un Rey que miró a un mundo hostil y en guerra, renunció a su derecho de destruirnos, y absorbió el costo total en una cruz para traernos de vuelta a casa. Hacer las paces no es perder el poder; es el momento en que finalmente te pareces a tu Papá.

Oración

Papá,

Hazme un pacificador de verdad. Ya me cansé de irme por lo seguro y de andar haciendo como que todo está bien cuando no es cierto.

Te confieso que he usado la distancia y la indiferencia como excusa para ignorar la tensión, manteniendo viva una guerra fría solo para no incomodarme. Perdóname por pelear tanto por tener la razón, por proteger mi orgullo y por andar llevando la cuenta de las ofensas porque me da miedo verme débil.

Recuérdame que mi vida y mi futuro ya están bien seguros en Ti. Dame las fuerzas para meterme al problema, dejar de defender mis derechos y absorber el golpe si eso es lo que hace falta para sanar la relación. Enséñame a buscar más la justicia que el ganar un pleito. Ayúdame a actuar hoy como un hijo Tuyo, tratando a los demás con la misma gracia tan costosa que Tú usaste para rescatarme.

Amén.

Me gustaría compartir algo más contigo.

Te enviaré la introducción y los primeros tres capítulos de Dejando ir lo que nos plaga—y los devocionales semanales que comparto en el camino.

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