Abre mis ojos
— Semana 3 —
Yo estaré contigo
(Jueces 6–7)
Gedeón volvió a golpear el trigo con la vara, y otra nube de polvo se levantó en el aire sofocante del lagar. El sudor le corría por la frente, le ardía en los ojos y se perdía entre una barba ya cubierta de polvo y paja.
Todo en aquel trabajo estaba mal.
El trigo debía trillarse al aire libre, bajo un cielo abierto, donde una buena brisa pudiera llevarse la paja. Allí abajo, apenas circulaba aire suficiente para respirar, mucho menos para aventar el grano. Pero la brisa estaba allá afuera—y también los madianitas. Durante siete años habían invadido Israel en tiempo de cosecha, llevándose cuanto querían y destruyendo lo que no podían cargar. Así que Gedeón se secó el rostro con la manga, murmuró algo entre dientes y volvió a golpear. Al parecer, así era ahora una cosecha—esconderse en un hoyo, tratando de rescatar suficiente trigo para comer sin que nadie se diera cuenta.
Quizá por eso le resultaban tan irritantes aquellas viejas historias. Gedeón conocía la historia de Egipto, del faraón, de Moisés y del mar que se había abierto cuando ya no había por dónde escapar. Conocía al Dios que había sacado a un pueblo esclavizado delante de las propias narices del rey más poderoso que habían conocido. Qué historias tan maravillosas. Pero Madián seguía allá afuera, Israel seguía escondiéndose y ningún mar parecía demasiado interesado en abrirse aquel día.
Con la frustración latiendo en cada golpe, Gedeón volvió a levantar la vara cuando una voz llegó desde algún lugar más allá del lagar. “Yahveh contigo, valiente guerrero” (Jueces 6:12).
Gedeón se detuvo. El sudor le corría por el rostro mientras miraba al extraño sentado bajo la encina y luego, quizá, las paredes que lo rodeaban. ¿Valiente guerrero? probablemente pensó. Se equivocó de lagar.
Aun así, Gedeón bajó la vara. “Perdón, señor mío. Si Yahveh está con nosotros, ¿por qué nos ocurre todo esto?” La pregunta salió deprisa, como si llevara mucho tiempo esperando a alguien dispuesto a escucharla. “¿Dónde están todos esos prodigios que nos contaron nuestros padres?” (v. 13).
Ahí estaba otra vez. Gedeón no dudaba que aquellas viejas historias hubieran ocurrido. Lo que quería saber era dónde estaba ese Dios ahora.
Pero el extraño no respondió la pregunta. En cambio, le dijo algo todavía más difícil de comprender. “Ve con esa fuerza que tienes y salvarás a Israel de la mano de Madián” (v. 14).
Gedeón conocía a su familia y sabía el lugar que ocupaba en ella. Su clan era el más débil de Manasés, y él era el menor de la casa de su padre. Sin embargo, la respuesta llegó sin reservas. “Yo estaré contigo” (v. 16).
Gedeón todavía no estaba dispuesto a dejar marchar al extraño. Le pidió que permaneciera allí mientras preparaba una ofrenda y regresó con carne, panes sin levadura y caldo. Siguiendo Sus instrucciones, colocó la comida sobre una roca y derramó el caldo encima. Entonces el Ángel de Yahveh tocó la ofrenda con la punta de Su bastón. El fuego brotó de la roca, lo consumió todo y el Ángel desapareció.
De pronto, el lagar parecía el menor de los problemas de Gedeón. “¡Ay, mi Señor Yahveh! ¡Pues he visto al Ángel de Yahveh cara a cara!” (v. 22). Momentos antes había querido una prueba de que el Dios de sus padres seguía allí. Ahora estaba aterrorizado de que aquella prueba pudiera costarle la vida.
“La paz sea contigo. No temas, no morirás” (v. 23). Gedeón construyó allí un altar y lo llamó Yahveh-Paz.
Entonces Dios le dijo que fuera a derribar otro.
El altar pertenecía a su padre—y a Baal. Gedeón debía destruirlo junto con la imagen de Aserá que estaba a su lado, levantar en su lugar un altar a Yahveh y ofrecer el toro de su padre usando como leña la misma imagen que acababa de destruir.
A Gedeón acababan de decirle que no tuviera miedo. Pero seguía teniendo miedo, así que esperó hasta la noche. Aun así, con diez siervos a su lado y la oscuridad proporcionándole el valor que la luz del día no podía darle, Gedeón se puso manos a la obra. Al amanecer, el altar de Baal era un montón de escombros, Aserá había desaparecido y un nuevo altar ocupaba su lugar.
El pueblo estalló en furia. Finalmente salió a relucir el nombre de Gedeón, y los hombres exigieron que su padre lo entregara para matarlo (v. 30). Gedeón había tenido razón en sentir miedo. El peligro era real.
Pero aquel hombre asustado que había salido protegido por la oscuridad había salido de todos modos. Y al amanecer, el altar de Baal ya no existía.
La siguiente vez que Madián llegó, no vino solo. Los amalecitas y los pueblos de Oriente llegaron con ellos y acamparon en el valle de Yizreel. Gedeón había pasado siete años tratando de no llamar su atención. Ahora el Espíritu de Yahveh vino sobre él, y Gedeón tocó la trompeta.
Y llegaron hombres.
Respondieron primero los de su propio clan, y luego hombres de Manasés, Aser, Zabulón y Neftalí. Sin embargo, Gedeón todavía quería estar seguro. Colocó un vellón de lana en la era y pidió a Dios que el rocío cayera sobre el vellón mientras la tierra permanecía seca. Dios lo hizo. Entonces Gedeón pidió una vez más—el vellón seco y la tierra mojada. Dios volvió a responder.
Cuando los ejércitos se reunieron, 32,000 hombres estaban con Gedeón cerca de la fuente de Jarod. Al otro lado del valle estaba Madián. Los números todavía favorecían al enemigo, pero después de tantos años escondiéndose, 32,000 hombres debieron parecer mucho mejor que diez siervos en medio de la oscuridad.
Entonces habló Yahveh. “Demasiado numeroso es el pueblo que te acompaña” (Jueces 7:2).
Gedeón miró hacia Madián al otro lado del valle y luego volvió la mirada hacia los hombres que estaban detrás de él. De todos los problemas que había imaginado enfrentar, probablemente nunca se le ocurrió que uno de ellos sería tener un ejército demasiado grande.
Dios le dijo que anunciara que cualquiera que tuviera miedo podía marcharse. Quizá una proclamación un tanto incómoda para el hombre encargado de hacerla. Aun así, Gedeón se quedó y dio la orden.
22,000 hombres se marcharon.
Quedaron 10,000.
Y Dios dijo que todavía eran demasiados.
¿Qué?
Los hombres restantes bajaron al agua, donde Dios los separó según la manera en que bebieron. Cuando terminó, Gedeón miró a su alrededor para ver el ejército que le quedaba.
300.
Al otro lado del valle, Madián se extendía en la oscuridad como una plaga de langostas, con camellos tan numerosos como la arena del mar (v. 12). En algún lugar detrás de Gedeón, 31,700 israelitas regresaban a sus casas.
Y Dios le dijo que bajara a enfrentarlos. Entonces añadió: “Si temes bajar, baja al campamento con Purá, tu criado” (v. 10).
Así que Gedeón se llevó a Purá. Los dos descendieron sigilosamente por la ladera hacia el campamento madianita, donde las fogatas titilaban entre tiendas que se extendían por todo el valle. Gedeón había pasado años tratando de que aquellos hombres no lo vieran. Ahora se acercaba lo suficiente para escuchar su conversación.
Uno de los soldados estaba contando un sueño. Un pan de cebada había llegado rodando hasta el campamento madianita, había golpeado una tienda y la había derribado.
De todas las cosas que Gedeón podía haber imaginado escuchar mientras se infiltraba en un campamento enemigo, una conversación sobre un pan fugitivo probablemente no figuraba entre ellas.
Pero el otro soldado comprendió de inmediato. “Eso no puede ser más que la espada de Gedeón”, dijo. “Dios ha entregado en sus manos a Madián y todo el campamento” (v. 14).
Gedeón se quedó inmóvil.
Su nombre.
¡Los madianitas sabían quién era! Y aún más sorprendente, creían que su Dios estaba a punto de entregarlos en sus manos.
Y allí, en medio de la oscuridad, al borde de un campamento enemigo que todavía lo superaba abrumadoramente en número, Gedeón se inclinó y adoró.
Cuando regresó con los 300 hombres, no hubo vellón. No pidió otra señal. “¡Levántense!”, les dijo. “Yahveh ha entregado en sus manos el campamento de Madián” (v. 15).
Y esta vez, Gedeón fue al frente.
Reflexión
Hay algo casi divertido en la historia de Gedeón cuando uno toma un poco de distancia y la contempla completa. No porque su miedo no fuera real. Madián realmente había devastado a Israel. Los hombres de su propio pueblo realmente quisieron matarlo. Y el ejército al otro lado del valle realmente superaba por mucho a sus 300 hombres.
Pero Gedeón también tenía al Creador del universo de su lado.
Quizá por eso puedo sonreír al leer su historia—sobre todo cuando recuerdo cuántas veces he hecho exactamente lo mismo. Puedo imaginar a Gedeón preguntándose si el Ángel de Yahveh se habría equivocado de lagar cuando lo llamó valiente guerrero, o mirándolo con incredulidad cuando Dios anunció que 32,000 hombres eran demasiados. Y cuando Dios dijo que todos los que tuvieran miedo podían regresar a casa, seguramente alguna parte de Gedeón se preguntó si aquello también lo incluía a él.
Sin embargo, Dios nunca pareció irritarse por el miedo de Gedeón. Respondió sus preguntas, lo tranquilizó, respondió a la prueba del vellón e incluso le ofreció una última confirmación antes de que entrara en el campamento madianita.
El miedo no era el problema. El problema era permitir que el miedo decidiera qué era verdad.
Gedeón derribó el altar de Baal mientras tenía miedo. Reunió un ejército mientras todavía necesitaba confirmación. Incluso cuando solo quedaban 300 hombres, Dios reconoció que Gedeón quizá todavía tuviera miedo. El valor de Gedeón no consistía en la ausencia de temor. Era su creciente disposición a avanzar aun con miedo porque estaba aprendiendo a confiar en Aquel que había prometido ir con él.
Quizá podríamos llamarlo un valor humilde. No consiste en mirar hacia nuestro interior y convencernos de que somos más fuertes de lo que creemos. Dios nunca le dijo a Gedeón que buscara dentro de sí al valiente guerrero que llevaba escondido. Cuando Gedeón protestó diciendo que era débil, Dios le dio algo mucho mejor.
“Yo estaré contigo.”
Siglos después, Pablo haría una pregunta que casi parece pertenecer a la historia de Gedeón. “Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Romanos 8:31). Pablo no estaba diciendo que nada se levantaría jamás contra nosotros. Muchas cosas se levantaron contra Pablo y contra Gedeón. Y muchas se levantarán contra nosotros. La pregunta es una cuestión de proporción. Cuando el Dios que creó todas las cosas está de nuestro lado, ¿qué tan grande debería parecernos, en última instancia, cualquier cosa que se levante contra nosotros?
Sin embargo, el miedo puede distorsionar nuestra visión. Puede hacer que un ejército madianita ocupe todo el horizonte mientras Dios, de alguna manera, desaparece detrás de él. Puede hacer que la amenaza que vemos nos parezca más cierta que el Dios que no podemos ver. Y cuando el miedo finalmente pasa, a veces no podemos hacer otra cosa que negar con la cabeza y reírnos un poco de nosotros mismos—no porque el peligro no haya sido real, sino porque por un momento permitimos que algo creado pareciera más grande que su Creador.
¿Qué ha hecho el miedo más grande que Dios en tu vida? ¿Hay algo frente a ti que ocupa tanto de tu visión que has olvidado Quién está a tu lado? ¿Estás esperando sentirte valiente antes de dar un paso que ya sabes que Dios te está pidiendo? ¿Has confundido la necesidad de recibir confirmación con la falta de fe? ¿Qué cambiaría si simplemente confiaras en Su promesa de caminar contigo a través de aquello que temes?
Gedeón no se volvió intrépido de la noche a la mañana. Simplemente hizo menos preguntas y sus pasos se volvieron más firmes. Con el tiempo, el hombre que había necesitado señal tras señal entró sigilosamente en un campamento enemigo, escuchó su propio nombre en boca de madianitas atemorizados, inclinó la cabeza y adoró. Después se puso de pie y regresó con sus hombres.
Sin vellón. Sin otra señal.
Estaba listo para avanzar.
Quizá tú tampoco tengas que esperar hasta dejar de sentir miedo. Tal vez el valor comienza con un solo paso tembloroso hacia aquello que Dios ha puesto delante de ti, confiando en que Aquel que está a tu lado es infinitamente mayor que cualquier cosa que se levante contra ti.
Porque el valiente guerrero nunca estuvo escondido dentro de Gedeón.
El Poderoso estaba a su lado.
Oración
Papá,
Cuando el miedo haga que aquello que está en mi contra parezca más grande que Aquel que está a mi lado, abre mis ojos. Ayúdame a recordar que tener valor no significa que nunca tenga miedo—significa que confío lo suficiente en Ti para avanzar aun cuando lo siento.
Cuando necesite que me reafirmes, encuéntrame con Tu gracia. Y cuando llegue el momento de avanzar, dame ese valor humilde para dar el siguiente paso, sabiendo que nunca lo doy solo.
Tú siempre estás conmigo—y eso basta.
Amén.
I’d like to share something more with you.
I’ll send you the introduction and first three chapters of Letting Go of What Plagues Us—along with the weekly devotionals I write and share.
